La era digital está de duelo
Steve Jobs ha muerto. Uno de los hidalgos de la tecnología digital perdió la dura batalla que venía librando contra el cáncer, una lucha que no lo postró en momento alguno; allí lo veíamos demacrado, decaído y convaleciente presentando a sus nuevos ‘gadgets’: primero el Ipod, luego las distintas versiones del Ipad de Apple y el Iphone, la última, el Iphone 4s.

No quiero hacer una remembranza de todo lo que ha hecho este hombre, que hoy día abundan en la red. Quiero contar, en unas cuantas líneas, mi experiencia personal con el mejor de sus legados: la tecnología digital de Apple. Compré el Ipod, por primera vez, en Lima, hace unos cinco años. Me maravilló porque no tenía que cargar nunca más con CD’s y un tremendo reproductor en la mochila en mis incipientes días en El Comercio. Además, me permitía ver películas en las largas idas y venidas al trabajo en una ciudad en la que el tráfico convierte distancias cortas en aletargantes kilómetros. Ese fue mi primer contacto: en casa tenía un ordenador (o computadora, como le decimos los latinos) de Microsoft, así que tuve que adaptar el Itunes para poder cargar mi juguetito nuevo.
En Perú, una Mac es (o al menos lo era cuando vivía allá) sinónimo de pijería, de personas pudientes que pueden darse el lujo de gastar más de un sueldo básico en lo que muchos consideran un capricho. Aquí en España, y en Europa en general, no es un producto que deje al bolsillo en estado de inanición. O al menos no tanto.
Ya aquí, de un momento a otro, me convertí en Community Manager. Mejor dicho, sigo en el proceso, pues uno nunca termina de aprender. Pero, además de esto, he aprendido a lidiar con los códigos Web y a entender esos jeroglíficos que antes me parecían indescifrables. Por eso, y porque ahora vivo más en el mundo online que el offline, decidí comprarme hace seis meses una Mac. Sin duda la experiencia es magnifica. Los que tienen una lo deben haber comprobado. El Ipad no me llamaba mucho la atención, aunque quizá apueste por uno para leer temas online y demás. Aunque soy y siempre me consideraré un ‘newbie’ en esto de los ‘gadgets’, porque repito, siempre es bueno mantenerse como una tabla rasa para aprender (Sobre todo en el mundo tecnológico, cuando los cambios se producen minuto a minuto), estoy contento de haber ingresado a este mundo de la mano de Steve Jobs. Descanse en paz.
Chicle de menta
Esta semana ha sido dolorosa, en el sentido más literal de la palabra. El exceso de afán por el deporte, que en este caso se hizo carne en unas intensas contracturas musculares, me dejaron casi inutilizado, a un costado del tatami y rabiando de dolor. Las artes marciales requieren una elasticidad máxima, la cintura y piernas deben convertirse en chicles de menta para poder realizar los ejercicios y posturas, una suma de movimientos distintos y mucho más complicados que los de una maratón cotidiana. Es por tal motivo que, buscando esa flexibilidad que me convirtiera en el Sr. Fantástico, hice bruscamente un estiramiento que provocó que mis piernas se congestionaran de tal manera que incluso mis pasos fueron más cortos debido a la contracción. Más que un chicle, se estiraron como una liga (o goma, como le dicen aquí en España) que expandida a su máxima expresión, da un tremendo latigazo cuando se contrae de una manera violenta y, en este caso, desgarradora.

Cuando esto me pasaba en Perú (no es la primera vez que me obsesiono con estirar la pierna, apoyarla en la pared y doblarla a la altura de mi rostro), el pretexto para dejar de entrenar no era más exquisito: tenía una lesión y los intensos entrenamientos tenían que parar por unas cuantas semanas. Agradecía con entusiasmo tal castigo, puesto que por ratos me cansaba de una indomable rutina de movimientos, en un principio, incomprensibles.
Ahora es todo lo contrario. Me jode estar dañado. Porque me atraso en el entrenamiento y no puedo cumplir esa meta idónea que me propuse cuando comencé nuevamente a hacer deporte. Sin embargo, la solución no fue, esta vez, una decisión radical.
Evidentemente no puedo usar mucho las piernas, pero a diferencia de Lima, ahora las estoy tratando con masajes, cremas y demás. Más allá de esto, las extremidades inferiores no son las únicas partes del cuerpo que necesitan ejercicio. Si uno quiere convertirse en un verdadero deportista, tiene que darle con ganas hasta a los músculos más innecesarios, aquellos de los cuales nunca ha escuchado el nombre. “You must train every part of your body, my friend”, dijo Bruce Lee alguna vez.
Esto sucede en las artes marciales. Las formas te obligan a adoptar posturas difíciles (la muy popular posición del caballo, bajando hasta casi el piso el culo, con los pies hacia adentro y las piernas lo más abiertas posibles) que requieren del uso de ciertos músculos que en deportes como el correr, o el fútbol, no son tan necesarios. Es por esto que mi profesor no me dejo decir aquella frasé cliché “tengo una lesión y no puedo venir a entrenar”. Su respuesta fue “son tus piernas las que están mal, no todo tu cuerpo”.
Mi intención de un par de semanas de “vagaciones” se fueron por el inodoro. Durante estos cinco días le he dado con ahínco, pero sin vehemencia esta vez, a los brazos, abdominales y las planchas. Tampoco he dejado de lado las piernas, pero tratándolas suavemente. Además, las contracturas me permitían correr, así que le he dado a la cinta como un verdadero desquiciado.
Si uno quiere llegar a algún lado, no hay pretexto que valga.
Cansado de lo mismo
La semana pasada varió un poco mi ritmo de entrenamiento. Se vino a menos. Esto me hizo sentirme, en un primer momento, algo frustrado. “¿Se acabó el ímpetu y la magia?”, me pregunté a mí mismo. La respuesta, felizmente, fue un “no” rotundo.
El ser humano es un animal de costumbres. Pero no solo es una máquina automatizada que incansable, imparable, repite lo mismo día tras día. La decisión de hacer lo que a uno le plazca es un gran don que nos diferencia de los animales. Y que una actividad nos agote momentáneamente no tiene nada de extraño.

Peso muerto
Me siento bastante contento por estos días de entrenamiento. Los dolores propios de la falta de práctica están pasando al olvido y mi cuerpo se va adaptando poco a poco. Sin embargo, no podremos llegar a un óptimo rendimiento si no controlamos algo que, a primera vista, es esencial para practicar algún deporte: el peso.
Hay personas que no engordan a pesar de henchirse con cantidades industriales de comida. Ese no es mi caso. Por el contrario, basta una barrita de chocolate para que mi cuerpo, debido a su contextura, aproveche el 80% de las calorías. Es decir, mientras otras personas ingieren ese mismo dulce y de chocolate solo les queda el 20%, mi yo inconsciente aprovecha cuatro veces más. Sin embargo, no considero que esto sea una desventaja. Después de todo, me gustaba y me gusta hacer deporte. Al contrario, aprender a controlarse es una de las premisas de la práctica, ergo, el tema de la alimentación es un reto más. Aquellas personas que no tienen porque preocuparse por engordar, de repente no se ven obligados a hacer ninguna actividad física, ni sienten que sea necesario. Lo cual, a largo plazo, puede hacer que el envejecimiento sea más rápido.
Cuando era joven no pensaba así. Uno cree que está dotado de una fuerza inacabable que no tiene fin, un manantial infinito de juventud que te acompañará hasta el final de tus días. Esa falsa premisa guiaba mis pasos y, mientras hacía deporte, engullía monstruosas cantidades de carbohidratos, harinas y grasa. Mientras realizaba alguna actividad, este mal hábito no representaba un problema, pero cuando la pereza se apoderaba de mi voluntad surgía el verdadero desajuste. Resultado: subía y bajaba de peso constantemente. Un mes podía estar pesando 80 kilos y al siguiente 92.
Los pantalones y correas imploraban misericordia, mientras mi madre, literalmente, escondía cualquier indicio de chocolates o helados en algún recóndito lugar. Este vaivén producía, lógicamente, una marcada frustración. No había estabilidad. Es por eso que ahora he decidido tomarme las cosas con más calma. Aunque mi peso todavía no es el ideal, me siento más a gusto con mi contextura y con la fortaleza que estoy adquiriendo.
Como diría Sammo Hung (el gordito de ojos rasgados que pelea en la primera escena de “Operación Dragón” contra el gran maestro Bruce Lee): “No es tanto el peso, sino aprender a controlarlo”. A pesar de su abultada humanidad, Sammo da en aquella escena unas muestras de agilidad impresionantes.
Pero, ¡Qué duda cabe! He decidido comenzar una dieta, aunque no estricta, si instructiva. Simplemente estoy evitando los dulces y el comer a deshoras. Tampoco hace mal, de vez en cuando, picar un chocolate o una lata de Coca Cola. Además, parece mentira pero el cuerpo, conforme se va adaptando al entramado de ejercicios y posturas, te exige un peso menor.
Como por arte de magia el gusto por los excesos está desapareciendo de mi mente. Y creo que esto se debe a que mis objetivos ya no son a corto, o más aun, a cortísimo plazo: como mencioné en el primer post, quiero seguir haciendo deporte hasta que el cuerpo aguante.